El amanecer, el infinito y el cabrón del organillo

•febrero 5, 2010 • Dejar un comentario

Amanece. El sol prende fuego a las nubes como un pirómano completamente ido. Es un momento único, una fracción de segundo, una imagen que nunca más volverá. Habrán miles de amaneceres más, más bellos o más feos, pero este brilla, se expande y se funde ante mi para no volver jamás. Y todo porque hoy he levantado la vista del suelo. He decidido no preocuparme si piso una mierda o si pierdo el rumbo. Por un momento hay algo más que el asfalto sucio.
Es un momento finito, pero, por un instante, como un destello suave, toco el infinito. Siento un escalofrío por la columna, una sacudida tan delicada que te jode que no dure más. Me ha rozado la infinitud en un orgasmo finito. Porque el infinito es eso, repetición de momentos finitos, de instantes únicos que jamás volverán. Repitiendo continuamente cosas diferentes, un yin-yan a infinitas revoluciones, sucesión continua de blanco y negro, que a lo lejos se diluye en gris.
Y entonces, justo después de que el sol fagocite las últimas nubes, me deprimo. Pienso en los infinitos que dejamos atrás. En el primer beso en el portal de SU casa en Vallcarca, en la primera mirada de mi hijo, en su primera carcajada. En mis primeras navidades conscientes, cuando aún el cinismo no había envenenado mi mirada. En las comidas con la familia, llenas de adultos arreglando y asegurando mi mundo mientras los suyos propios se aguantaban por hilos desgastados. En las risas teñidas de alcohol y música de un grupo de amigos que no saben que les traerá el mañana, pero que esa noche no les preocupa una mierda.
Y como banda sonora a este hundimiento sensorial aparece el cabrón del organillo. El violador del pentagrama. Un delincuente musical que destripa con sadismo melodías que ya no volverán a sonar bien en mi mente. Agarra el “my  way” y lo retuerce hasta que la voz de Sinatra se esconde detrás de una explosión de tímpanos que mana del diabólico instrumento que aporrea a dos manos. Vuelvo a pisar el suelo y me lo como de morros. ¿Dónde estarán ahora las Juventudes Nacionales del SGAE? ¿Porqué no vienen y le prenden fuego al organillo, le cortan las manos y queman libros en una orgía de sangre? Dios!!!! Que duro es el suelo!!!!

PD: Tengo que dejar de leer a Bukowski, me pone de un violento poético inaguantable

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El subconsciente, Bruce y un gran libro

•febrero 4, 2009 • 1 comentario

Hace varios días que no paro de tararear una canción de Bruce Springstein, The Ghost of Tom Joad. Da la casualdidad que llevo unos días leyendo un libro, Las uvas de la ira, de John Steinbeck. Y no ha sido hasta esta tarde que no he captado la relación, Tom Joad es el protagonista del libro, y la canción del Boss está inspirada en él. Soy un poco lento, ¿se nota? Supongo que mi subconsciente es mucho más inteligente que yo.

Del libro, puedo decir que es uno de los mejores que he leído. Intenso, triste, pero a la vez lleno de personajes que no se quieren dejar pisar, dispuestos a construir su propia vida con su sangre si hace falta. Y lleno también de personajes odiosos y repugnantes. Personajes como un terrateniente explotador, que contínuamente se queja de los “rojos”, que están jodiendo el país. De golpe, un ignorante campesino exiliado de su tierra y esclavizado por una miseria de sueldo le pregunta “¿y qué es un rojo?”. El terrateniente le contesta indignado: “un rojo es un hijo de puta que pide 30 centavos por hora cuando lo que pagamos es 25!”. El ignorante jornalero, después de meditarlo un momento le contesta “Señor, yo no soy un hijo de puta, pero si eso es lo que es un rojo… pues yo quiero treinta centavos por hora! Todo el mundo lo quiere. Diablos, Señor, todos somos rojos” 

Y supongo que la canción, triste y dura, encaja perfectamente. Es hija de cualquiera de los capítulos del libro.

En el fondo, todos somos rojos, pero no nos hemos dado cuenta todavía

A los que estan al otro lado

•agosto 12, 2008 • Dejar un comentario

A los poetas locos y ciegos

Que cantan gilipolleces a las estrellas:

Ni su luz os ilumina,

Ni dan calor que reconforte.

 

A las grandes bocas que braman

Supuestas verdades a mi oído:

Vuestro aliento apesta a mentiras

Nacidas más allá del tiempo.

 

Al ambicioso mercader,

Envuelto en oro y miedos:

Ni una de tus monedas

Servirá para pagar el último peaje

 

A los que prefieren vivir de rodillas

Antes que sufrir de pie:

El tiempo os castigará

Con el olvido más anónimo.

 

A los oscuros sacerdotes antiguos

Que aterrorizan a las viejas:

Dejad el incienso en el suelo,

Y observad el moho en vuestros pies.

 

A los que amenazan el futuro de mi hijo,

Y los dulces brazos que lo sostienen,

Oscureciendo el mundo por venir:

Temed la ira del hombre gris,

Porqué tras una vida sin color,

Por fin tiene una luz por la que luchar.

Sin título

•julio 29, 2008 • 2 comentarios

Hoy estoy un poco más lejos de todo,

Un poco más loco,

Un poco más solo.

Si la vida se empeña en sonreírme,

Yo escondo la mirada.

Si la vida insiste en abrir las cortinas,

Me entierro la cara bajo mis manos.

¿me preguntas porqué?

Yo te respondo ¿por qué no?

Tu me das mil razones,

Todas ellas grandes verdades,

Yo me quedo con mi melancolía,

Vestida de amargas falsedades.

Mártir voluntario,

O idiota empedernido,

Tal vez los dos a la vez.

Caminar por el borde no es un juego,

Es una necesidad.

El miedo a caer no existe,

Si ya estás por el suelo.

Y después de todo esto,

Sigues regalándome una sonrisa,

Y ese tesoro que tienes en brazos,

Me sigue mirando con esperanza.

No lo puedo evitar,

Sonrío yo también.

Cuando el mundo era joven

•julio 19, 2008 • Dejar un comentario

Tal vez recuerdes su nombre.

Áquel, que sentado en la esquina,

No quiso ir a ningún lugar.

Sus pies, llagados y cansados,

Vencieron, al fin, a su vida.

Y mientras su espíritu se consumía,

Maldecía al viento con sus verdades.

Una vez me contó,

Mientras compartíamos un amargo licor,

Como los titanes se convirtieron en mitos,

Y los gusanos en dioses.

Como las mil hogueras de la estepa,

Se fueron apagando poco a poco.

Como el tíntineo de las monedas,

Corrompió al último profeta.

Y es que él estuvo ahí,

Cuando dejaron de temer la noche,

Y empezaron a temer  la muerte.

“La nostalgia es jugar a ser Dios”

me decía con ojos amargos,

“y yo me he cansado jugar”.

Todos aquellos tiempos,

Todos aquellos parajes,

De cuando el mundo era joven,

Se perdieron en sus recuerdos.

Un día, su hoguera se apagó,

Un día vio demonios bailando sobre arenas blancas.

Hoy son mis pies los llagados,

Hoy es mi hoguera la que se consume.

Pero nadie comparte mi licor,

No estuve cuando el mundo era joven,

Y ahora estoy solo con mi nostalgia,

Nostalgia de tiempos que no viví.

Ya veo los demonios,

Ya veo las blancas arenas,

Ya están aquí.

Pequeñas cosas

•mayo 28, 2008 • Dejar un comentario

A veces hay cosas que no encajan,

Días donde parece que mi sitio en este mundo,

está por crearse

Que todas las puertas que se abren,

sólo escondan una ténue luz  sin brillo.

 Entonces, me giro hacia tí,

y recuerdo que ahora soy tu hogar,

y en él todo encaja,

y en él, tu descansas

 

Las aguas

•abril 8, 2008 • Dejar un comentario

Y entonces las aguas se abrieron.

Las grandes bocas hablaron,

Pero no dijeron nada

Que no supiéramos ya.

Si una vez escuchaste el viento,

Ya sabes de qué me acuerdo.

La gente avanza y cae,

El rebaño es el mismo,

Mismas caras, mismos miedos.

¿Qué te hace creer especial?

¿Por qué dices temer el tiempo,

Si ya sabes qué te espera la final?

Ya sabes que las aguas se han abierto,

Y los bastardos gritan reclamando pureza,

Mientras venden sus sueños a pedazos.

Si la tierra tiembla bajo sus pies,

Al cielo se ponen a rezar.

Y sí ninguna respuesta obtienen

A ti y a mí nos culparán.

Y todo porque las aguas se abren.